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La escuela de la vida: donde todos estamos matriculados sin pedir permiso

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Crónica reflexiva: De valor a la vida que nos deja un gran mensaje y nos reintegramos a una realidad de vida

* “Paciencia, tolerancia y perdón”: carreras de larga duración, con altísima deserción y frecuentes recursadas

CDMX. – Nadie firma una planilla de inscripción, nadie pasa por secretaría, nadie elige horario ni aula. Simplemente abres los ojos por primera vez y ya estás adentro. La escuela de la vida no admite renuncias ni traslados de matrícula. El curso es obligatorio, vitalicio y sin receso de verano.

Lo más desconcertante es el doble rol que jugamos: somos alumnos y, al mismo tiempo, profesores involuntarios de quienes nos rodean. Cada gesto, cada palabra dicha en voz alta o en silencio, cada reacción ante el dolor ajeno o propio, está dictando clase a alguien más. No existen sustitutos ni licencias por enfermedad emocional; cuando uno falta, los demás simplemente reciben una lección distinta, muchas veces más dura.

El gran docente de esta institución sin paredes se llama “Tiempo”. Nunca entrega programa ni cronograma de evaluaciones. Aparece un lunes cualquiera con el examen sorpresa más importante de tu existencia y no acepta excusas del tipo “no me lo esperaba” o “no estaba preparado”. El tiempo no negocia plazos ni prorrogá entregas. Simplemente pasa.

Las asignaturas son las mismas para todos, aunque el orden y la intensidad varían enormemente:

– “Amor y amistad”: suelen ser las materias que más alumnos eligen en primer año, aunque muchos las abandonan a mitad de camino.
– “Paciencia, tolerancia y perdón”: carreras de larga duración, con altísima deserción y frecuentes recursadas.
– “Dolor, pérdida y soledad”: cátedras obligatorias, sin posibilidad de convalidación ni exención. Curiosamente, son las que más transforman al alumno que decide no evadirlas.

El plantel directivo es misterioso. Hay quienes lo llaman “Dios” otros Universo. Destino, Energía, Azar o simplemente “lo que sea que mueve las cosas”. Lo cierto es que prepara las clases con una pedagogía poco convencional: a veces regala aprendizajes envueltos en caricias, otras los envía camuflados de crisis, enfermedades, separaciones o duelos. El método es el mismo: obligarte a mirar lo que preferirías ignorar.

En esta escuela no existen boletines de calificaciones visibles. El registro es íntimo y silencioso. Se acumula en arrugas, en cicatrices que no se ven, en la forma distinta de mirar a los ojos, en la ternura o en la dureza con que tratamos a quien tenemos al lado. El puntaje no lo pone un profesor: lo determina el grado de paz interior con que uno logra acostarse cada noche.

Lo más parecido a un diploma aparece cuando, ya con muchas materias cursadas, uno puede detenerse un instante y decirse en voz baja:
Cometí errores graves. Herí. Fui herido. Perdí lo que amaba. Me perdí a mí mismo varias veces. Pero aprendí. Viví la lección hasta el último capítulo.

Y quizás, solo quizás, esa certeza silenciosa sea el único título que realmente vale la pena colgar en la pared invisible del corazón.

Porque en la escuela de la vida no hay ceremonia de graduación con birrete ni aplausos.
Solo hay un momento —a veces muy breve— en el que uno comprende que ya no necesita seguir buscando la salida del aula.
Porque el aula era todo el camino.

Autor: en las redes circulan comentarios parecidos y muchos y muchas de lo adjudican, por supuesto hay que reconocer para el comentario a la Inteligencia Artificial (IA).

Sin duda es un momento de reflexión y de valor a la vida que nos deja un gran mensaje y nos reintegramos a una realidad de vida. Porque si es cierto todos y todas las personas de la tercera edad sabemos y estamos conscientes de que todo lo que vive muere y por eso no sólo nos aferramos a la vida, sino que estamos conscientes de nuestro amor por ella.

Lo mejor para todas y todos y que sigamos aprendiendo hasta que nos llegue el último capítulo.


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