* La llegada de Aguirre trajo algo que parecía extinguido: calma. Un entrenador con colmillo, oficio y un lenguaje simple que bajó la presión
Por Jorge Omar Vázquez Varela
En el futbol, como en la vida, hay momentos en los que el margen para dudar se evapora. Y Javier Aguirre está justamente ahí: en la línea más delgada entre la búsqueda y la definición. El “Vasco” ha vivido de su intuición y su capacidad para corregir sobre la marcha, pero a estas alturas con la Copa del Mundo respirándole en la nuca ya no hay espacio para más parches, rotaciones caprichosas o pruebas de laboratorio. México necesita un once titular reconocible. Y lo necesita ya.
Pero hay un factor que empieza a ensombrecer la narrativa: seis partidos consecutivos sin ganar. Y por más que se quiera vestir la situación de proceso, de construcción o de adaptación, la realidad es que la falta de victorias siembra dudas. No solo en la tribuna o en la prensa: también en el propio vestidor. Cuando los resultados no acompañan, cualquier discurso pierde fuerza, cualquier promesa de futuro se diluye y cualquier experimento parece más improvisación que planificación.
La llegada de Aguirre trajo algo que parecía extinguido: calma. Un entrenador con colmillo, oficio y un lenguaje simple que bajó la presión. Pero esa calma no puede confundirse con conformismo. Porque, aunque el ambiente cambió, el futbol no. A México le sigue costando fabricar un modelo estable y repetir estructuras que generen automatismos. Y sin automatismos, en un Mundial solo sobreviven los milagros… o las eliminaciones rápidas.
Hoy la selección parece caminar con una lista mental de “posibles” cuando debería tener una de “indiscutibles”. Los equipos mundialistas se construyen a partir de certezas compartidas: quién saca la pelota, quién la acelera, quién la manda guardar, quién ordena en medio campo y quién sostiene la defensa cuando el rival aprieta. Cuando cada partido empieza con una alineación distinta, ningún futbolista sabe realmente qué versión del equipo está por aparecer.
Eso es lo que le toca a Aguirre solucionar ya: repetir, afinar, insistir. Y sobre todo, decidir.
Porque si algo ha marcado sus procesos anteriores es que cuando encuentra su base, no la suelta. Y ahí es donde México puede hacerse fuerte. No se trata de casarse con nombres, sino de establecer funciones estables: un medio centro que no cambie cada fecha FIFA, laterales que entiendan cuándo proyectarse y cuándo aguantar, dos centrales que jueguen de memoria, un eje creativo que no dependa del estado de ánimo del día.
El Mundial no solo exige calidad. Exige química. Y la química nace de la repetición, de los minutos compartidos, de la confianza que se cultiva en la rutina.
Si Aguirre quiere que México compita de verdad, debe comprometerse con una estructura que no cambie al primer error. Debe dejar que sus jugadores se acostumbren a verse, a escucharse, a sentirse. Y debe hacerlo ya, porque el reloj no perdona y la improvisación, en Copa del Mundo, siempre se cobra factura.
La Selección Mexicana todavía tiene tiempo. Muy poco, pero lo tiene. Pero seis partidos sin ganar no son un detalle: son una alarma suave que, si no se atiende pronto, se convertirá en sirena.
Es el momento exacto para dejar de buscar un once… y empezar a construirlo. Porque cuando la pelota ruede en el Mundial, la única duda aceptable será la del rival. Nunca la nuestra.














