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El miedo al envejecimiento y el ageismo cotidiano: una sociedad que desprecia la lentitud

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* Llegar a la tercera edad equivale a volverse “invisible” o “estorbo”.

* Términos como “ruco”, “viejito” o “abuelito” pueden sonar cariñosos en contexto familiar, pero en la calle adquieren tono despectivo

* Familias, escuelas y medios pueden promover una visión más humana del envejecimiento

Por Fernando Olivas Ortiz

Ciudad de México. – El paso del tiempo, inevitable para todo ser humano, genera pánico colectivo. Mientras los jóvenes aceleran en sus autos, esquivan peatones o corren en parques, las personas mayores se convierten en blanco frecuente de insultos, burlas y expresiones despectivas como “ruco”, “viejo lento” o “quítate del camino”. Este fenómeno, conocido como ageismo, revela no solo una aversión a la vejez, sino un miedo profundo a la propia mortalidad y a la pérdida de autonomía.
Los seres humanos temen envejecer porque la vejez simboliza la cercanía de la muerte, la disminución de capacidades físicas y, en muchas sociedades modernas, la pérdida de valor social. En una cultura obsesionada con la productividad, la juventud, la velocidad y la imagen corporal idealizada por redes sociales y publicidad, llegar a la tercera edad equivale a volverse “invisible” o “estorbo”.
Estudios psicológicos y sociológicos coinciden en que este miedo tiene raíces profundas:
• Miedo a la dependencia: Nadie quiere pasar de ser independiente a necesitar ayuda para cruzar la calle o subir escaleras.
• Pérdida de estatus: En economías capitalistas, el valor de una persona suele medirse por su capacidad productiva. Cuando esa capacidad disminuye, la sociedad tiende a relegar al anciano.
• Negación de la finitud: Envejecer recuerda que el cuerpo se deteriora. Arrugas, canas, lentitud y enfermedades crónicas confrontan al ser humano con su vulnerabilidad.
Este pánico se traduce en conductas discriminatorias. Jóvenes que manejan insultan a peatones mayores que cruzan despacio: “¡Apúrate, viejo!”. En aceras, un tropiezo o una caída genera risas o quejas en lugar de empatía. Incluso en espacios deportivos, ver a un anciano trotando con dificultad provoca comentarios burlones sobre su “lentitud”.
“Rucos” y la dictadura de la velocidad
El lenguaje cotidiano refuerza el ageismo. En México y varios países de Latinoamérica, términos como “ruco”, “viejito” o “abuelito” pueden sonar cariñosos en contexto familiar, pero en la calle adquieren tono despectivo. La lentitud se convierte en pecado capital en una sociedad que valora la rapidez: conductores impacientes, peatones que rebasan bruscamente y deportistas que miran con superioridad.
Expertos en gerontología explican que esta actitud no es natural, sino aprendida desde niños se internaliza la idea de que “ser viejo es malo”. Los medios de comunicación y la publicidad venden juventud eterna a través de cremas antiarrugas, cirugías estéticas y suplementos que prometen “rejuvenecer”. La vejez se medicaliza y se presenta como problema a resolver, no como etapa natural de la vida.
Las consecuencias del ageismo
El desprecio hacia los mayores no solo hiere emocionalmente. Tiene impactos reales:
• Aislamiento social y depresión en personas adultas mayores.
• Discriminación laboral: muchas empresas descartan candidatos mayores de 50 años.
• Violencia simbólica y física: desde burlas hasta negligencia en servicios de salud.
Organizaciones como la OMS han advertido que el ageismo afecta la salud pública tanto como el racismo o el sexismo. Quienes internalizan estereotipos negativos sobre la vejez viven menos años y con peor calidad de vida.
¿Hacia una sociedad más compasiva?


Cambiar esta dinámica requiere un esfuerzo cultural. Reconocer que la lentitud de los mayores no es flojera, sino sabiduría corporal y experiencia acumulada. Muchos ancianos mantienen actividad física, intelectual y emocional que aporta valor a la comunidad: transmiten conocimiento, cuidan nietos y mantienen redes familiares.
Familias, escuelas y medios pueden promover una visión más humana del envejecimiento. Campañas que muestren a personas mayores activas, productivas y respetadas ayudan a desmontar prejuicios. Al final, quien hoy insulta a un “ruco” lento, mañana podría ser ese mismo “ruco” en la acera.
Envejecer no es un fracaso. Es el destino común. Burlarse de quienes ya llegaron ahí solo revela inmadurez y, sobre todo, un miedo mal disimulado al propio futuro.

su “lentitud”.
“Rucos” y la dictadura de la velocidad
El lenguaje cotidiano refuerza el ageismo. En México y varios países de Latinoamérica, términos como “ruco”, “viejito” o “abuelito” pueden sonar cariñosos en contexto familiar, pero en la calle adquieren tono despectivo. La lentitud se convierte en pecado capital en una sociedad que valora la rapidez: conductores impacientes, peatones que rebasan bruscamente y deportistas que miran con superioridad.
Expertos en gerontología explican que esta actitud no es natural, sino aprendida. Desde niños se internaliza la idea de que “ser viejo es malo”. Los medios de comunicación y la publicidad venden juventud eterna a través de cremas antiarrugas, cirugías estéticas y suplementos que prometen “rejuvenecer”. La vejez se medicaliza y se presenta como problema a resolver, no como etapa natural de la vida.
Subtítulo intermedio: Las consecuencias del ageismo
El desprecio hacia los mayores no solo hiere emocionalmente. Tiene impactos reales:
• Aislamiento social y depresión en personas adultas mayores.
• Discriminación laboral: muchas empresas descartan candidatos mayores de 50 años.
• Violencia simbólica y física: desde burlas hasta negligencia en servicios de salud.
Organizaciones como la OMS han advertido que el ageismo afecta la salud pública tanto como el racismo o el sexismo. Quienes internalizan estereotipos negativos sobre la vejez viven menos años y con peor calidad de vida.
¿Hacia una sociedad más compasiva?
Cambiar esta dinámica requiere un esfuerzo cultural. Reconocer que la lentitud de los mayores no es flojera, sino sabiduría corporal y experiencia acumulada. Muchos ancianos mantienen actividad física, intelectual y emocional que aporta valor a la comunidad: transmiten conocimiento, cuidan nietos y mantienen redes familiares.
Familias, escuelas y medios pueden promover una visión más humana del envejecimiento. Campañas que muestren a personas mayores activas, productivas y respetadas ayudan a desmontar prejuicios. Al final, quien hoy insulta a un “ruco” lento, mañana podría ser ese mismo “ruco” en la acera.
Envejecer no es un fracaso. Es el destino común. Burlarse de quienes ya llegaron ahí solo revela inmadurez y, sobre todo, un miedo mal disimulado al propio futuro.


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