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El vacío en el lenguaje: el dolor sin nombre de los padres que pierden un hijo

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  • Desde 2017, la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer impulsa el neologismo “huérfilo”

Por Fernando Olivas Ortiz

Toluca, Estado de México. Cuando un niño pierde a sus padres, la sociedad lo llama “huérfano”. Cuando una persona pierde a su cónyuge, se convierte en “viudo “o “viuda”.
Estos términos no solo nombran una pérdida, sino que reconocen un estado emocional y social, facilitando el duelo y la empatía colectiva.

Sin embargo, cuando unos padres entierran a un hijo —una tragedia considerada por expertos como el dolor más devastador y antinatural—, el idioma español carece de una palabra específica para definirlos.

La sociedad no ha acuñado un término que visibilice esta pérdida irreparable, dejando a estos progenitores en un limbo lingüístico y emocional.

La Real Academia Española (RAE) reconoce que “huérfano” tiene una acepción antigua y poco usada: “Dicho de una persona: a quien se le han muerto los hijos”.
Sugiere expresiones como “huérfano de hijo(s)”, pero admite que no son de uso común.

Este vacío no es casual: históricamente, la muerte de hijos era frecuente, y no generaba consecuencias legales o administrativas equivalentes a la orfandad o viudedad, que sí implican pensiones o derechos.

Pero hoy, en una era de menor mortalidad infantil, la pérdida de un hijo se percibe como una aberración del orden natural, intensificando el sufrimiento.

Desde 2017, la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer impulsa el neologismo “huérfilo” (del latín, combinando la raíz de “huérfano” con “filius”, hijo), para nombrar a estos padres.

Apoyada por campañas con celebridades y peticiones con decenas de miles de firmas, busca que la RAE lo incorpore.

Psicólogos argumentan que tener un nombre ayuda a verbalizar el duelo, ordenar la identidad rota y sentir reconocimiento social. En inglés, circula **vilomah** (del sánscrito, “contra el orden natural”), un término acuñado en comunidades de duelo para capturar esa inversión trágica de la vida.

Hasta que el lenguaje evolucione —como lo ha hecho con otras realidades sociales—, miles de padres siguen sin una palabra que los defina. Su dolor, indescriptible, merece no solo compasión, sino un lugar en nuestro vocabulario. Porque nombrar es el primer paso para sanar.


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